Hasta las plantas tiemblan, cuando mi conciencia sarcástica remolonea entre ellas.
Me acerco a tocarles las hojas y se ponen celosas de que no puedo parar de pensar en el cuerpo de la chica de ayer. Me ahuyento a mí misma del planeta sin querer, no puedo evitar hacer saludos al sol sin pensar en sus ojos, como le brillaban esos ojos, incluso de noche.  Tengo una mezcla satírica entre vida material y lo que me produce pensar en la chica de ayer. No sé su nombre, ni siquiera aun le he rozado la mejilla con ganas de nada. Pero sé que despierta mi instinto animal y que las bestias son inteligentes. Acaricio las plantas como si fueran de seda  y en realidad saben que estoy practicando para tocarle a ella.

Me entreno a la vida perfeccionando mis hábitos, me encanta sentir y tengo una adicción en bucle por ello. Estoy aprendiendo a ser algo más dura, algo así como aprendiendo a morder el miedo para poder convivir con él y no vivir evitándolo. Sé que la chica de ayer es otra tremenda excusa para darme cuenta de esto. Además es la chica de ayer, por lo tanto ya fue.

Aunque la chica de ayer, hoy se ha despertado conmigo y se ha instalado en alguna parte de mí, porque la veo en todas partes incluso en el frío del día y parece que hoy tengo menos.

En realidad no conozco a la chica de ayer y todo está en mi cabeza apuntando a que mañana se presente esa chica que brilla en la oscuridad, sin más. Quizás sea yo misma.

I’m Yavatar. Sensorial

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